¡Conócete a ti mismo!
Mi amigo Antonio es una persona muy ordenada y meticulosa.
Siempre que adquiere un utensilio o aparato va en directo a las instrucciones.
A veces ha de buscar entre mil idiomas o las encuentra con una infame traducción
al castellano. Aún así las lee y relee con entusiasmo. Y es que valora sobremanera
aquello que adquirió y su buen funcionamiento. También le he visto emplear
horas y horas en torno a una agenda electrónica que le regalaron por Reyes.
Su mujer es todo lo contrario, piensa que todo es fácil y asequible y se lanza
con el coche nuevo, la cámara digital de fotos o lo que le echen. Y yo me
digo que como no cambien habrá serios problemas de convivencia.
¡Pues más que cualquier electrodoméstico o aparatito valemos
personalmente nosotros! Y con frecuencia no nos damos cuenta, no nos percatamos
de esa imponente verdad.
¡Cuánta razón tenían los griegos al colocar en el dintel
del templo de Delfos la leyenda Conócete a ti mismo!
Quizás habría que colocarla en la mesa de despacho de cada uno o sobre la
puerta del dormitorio. Eso sí, para aplicación personal y no para dar con
el codo a quien nos acompañe y animarle a que se lo aplique él.
En la vida funcionamos con el capital que pensamos tener
más que con el que realmente contamos. De ahí la necesidad básica de saber
quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos y dónde nos encontramos.
Hay que entrar en la propia vida, poder madurar profundizando
en nosotros mismos, hemos de buscar luces para que, llegando desde fuera,
nos permitan conocer nuestra propia intimidad. Sólo así cabrá la coherencia
y la unidad de vida capaz de propiciar felicidad. La madurez conlleva un mayor
y mejor conocimiento, una más plena conciencia desde nuestro yo real de las
circunstancias que nos integran, condicionan y enriquecen.
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